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Una tarde con mi amante

Publicado por admin en octubre 22, 2017
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Ya los días con mi esposo no eran lo mismo. Estaba sumamente harta de todo, cualquier mínima cosa en mi vida se había convertido en parte de una rutina sumamente tediosa. Todos los días era lo mismo para mí; el trabajo, la casa, él. Una pesadilla, salíamos a los mismos sitios de siempre y, en muchas ocasiones, ni nos atrevíamos a variar el platillo que cenábamos. Me acordaba del sabor de cada alimento, su aroma, la contextura; todo me daba nauseas.

Estaba encerrada en un mundo lleno de fastidio y deseaba con toda mi alma romperlo en mil pedazos. Cada vez que se iba al trabajo era un alivio para mí, me sentía sola y libre. No tenía que oler su perfume, sentir su voz o notar su presencia cerca de mí. Lo peor de todo es que ya no me tocaba como antes, no le producía ningún tipo de excitación y llevaba mucho tiempo sin sentir la fuerza de un hombre cogiendo mi cabello, sujetándolo con agresividad mientras me penetraba una y otra vez sin parar.

Las noches las pasaba como un maniquí, él me hablaba del trabajo pero yo ni siquiera le escuchaba. Sólo estaba dispuesta a oír mis pensamientos y lo que yo quería sentir en mi cuerpo, el cual se había convertido en la prisión de una cantidad inimaginable de fantasías sexuales. Casi todos ellos frustrados por la indiferencia de aquél hombre al cual apenas reconocía. En repetidas ocasiones me llegué a preguntar cómo demonios había parado en una situación así.

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Pero al fin, todo tiene su final, y el día de romper mis ataduras llegó a la hora menos esperada. Es cierto que lo mejor sucede cuando no planeamos nada ya que todo nos toma por sorpresa. Mi esposo, como siempre, salió a trabajar; yo me quedé en casa y decidí preparar un buen almuerzo para mí.

Así pues, decidí subir a casa de mi amiga Andrea para pedirle un poco de queso; ella y yo éramos buenas vecinas, compartíamos ciertos rumores y nunca nos negábamos ningún tipo de condimento la una a la otra. Una vez frente a la puerta de su casa procedí a tocar el timbre y cuando abrieron yo simplemente me quedé pasmada; no sabía cómo actuar. Un hombre joven, de estatura mediana quitó el cerrojo y me miró directamente de manera muy gentil. ¡Qué guapo!- me dije-. No era un tipo perfecto pero lo primero que se me cruzó por la mente fue follarmelo, así de buenas a primeras; cualquier mínimo roce haría que me excitara al momento, que mi vagina se mojara de tanto placer que tenía retenido en mi cuerpo.

Traté de disimular todo lo que pude, le pregunté por Andrea y me dijo que su tía no estaba. Yo reaccioné de inmediato y simplemente le pregunté si contaba con un poco de queso que me pudiese regalar. Él acepto de manera amable y, para colmo de males, abrió la reja y me hizo pasar. Mi corazón latía alocadamente, él olía a hombre joven, a virilidad pura que me podía coger sin parar.

Mi pezones, inmediatamente, se pusieron sumamente erectos, creí por un momento que me iban a explotar. Me hizo esperar en la sala y yo apenas me pude sentar. Lo vi entrar a la cocina, las piernas me temblaban y mi vagina estaba demasiado mojada, el líquido empezó a chorrear por mis piernas y, sin quererlo, metí la mano dentro de mi pantalón y comencé a frotar mi clítoris de manera frenética.

Se me adormecieron las piernas y no podía dejar de introducir los dedos en el coño, estaba demasiado poseída por el deseo de que alguien me cogiera por todos lados. De pronto, el chico me habló desde la cocina y yo no le entendí ni una pizca. Como loca, me levanté de aquél asiento y me dirigí a la cocina.

Él estaba allí revisando la nevera cuando lo tomé desprevenido. Lo empecé a besar y todo fluyó de manera increíble. Me tomó con toda su fuerza por los brazos y me recostó contra la pared. Pude sentir su bulto palpitante en mi vientre y sin pensarlo bajé rápidamente sus pantalones y comencé a masajearle los testículos. En seguida le agarre la polla y comencé a masturbarla, estaba gigante y tibia y sólo me dieron ganas de tragármela.

Me puse de rodillas y metí aquél palpitante miembro en mi boca, lo succioné una y otra vez hasta dejarlo cubierto de saliva. Le chupé sus bolas a medida que lo masturbaba. Me pidió que lo viera mientras le pasaba mi lengua por el pene y eso me excitó aún más. Luego, solté su miembro porque él me levantó, me chupo los pezones violentamente, me volteó y allí mismo, de pie, comenzó a follarme.

Metió su polla dentro de mi coño y yo grité extasiada de tanto placer. Sentía su miembro penetrándome sin parar, sus testículos chocaban contra mi clítoris sin pausa y eso hizo que me corriera. Me retorcí de un lado a otro pero él me sostuvo con fuerza, no me dejó, me penetraba con más potencia aún. Comencé a agitarme sin detenerme, empecé a meterme toda esa polla en mi coño, el chico empezó a gemir, yo me movía más y más rápido, sólo quería que me llenera de leche hasta el punto que saliera a chorros de mi vagina.

De pronto, sacó su polla rápidamente, me volteó y me arrodilló. Yo accedí sin titubear, me hinqué y él comenzó a masturbarse frente a mi cara, yo saqué la lengua para recibir todo aquél semen en mi garganta. Vi su rostro, pasé mi lengua por sus bolas, me tomó fuertemente del cabello y se corrió en toda mi lengua y cara. La leche se esparció por todo mi rostro y sólo podía sentir la tibia temperatura del semen mientras me lo tragaba poco a poco.

Aquél chico estaba totalmente paralizado, no sabía qué había ocurrido. Yo sonreí, pasé mi lengua por mi boca para recoger la leche que había quedado por allí, luego succioné un poco su pene, le subí su pantalón y me fui del piso no sin antes reír dulcemente para hacerle saber que me había gustado y que volvería por más. Así fue como pasé una tarde con mi amante. Había vuelto a ser yo nuevamente y nada me detendría.

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